
La ciudad como fuente de materiales para nuevas edificaciones.
Minería Urbana. El origen de los materiales de derribo.
Autor: Galindo, JF
Master en Dirección de Empresas por el IE. Madrid.
Presidente de la Sociedad Española para la Recuperación y Conservación del Patrimonio Arquitectónico.
Resumen.— Los materiales recuperados proceden de múltiples fuentes: muebles y objetos transmitidos entre generaciones, antiguos almacenes, viviendas, reformas y, especialmente, edificios sometidos a rehabilitación o demolición. Estos últimos pueden entenderse como auténticos bancos de materiales y nuestras ciudades como yacimientos de una nueva “minería urbana”. Frente a la demolición convencional, la recuperación exige deconstrucción selectiva, desmontaje cuidadoso, acopio, transporte, limpieza, tratamiento, clasificación, catalogación y conservación, operaciones que incorporan trabajo y costes frecuentemente ignorados. La reutilización permite preservar no solo la materia, sino también la energía, el trabajo, la técnica, la forma, la función, el diseño y, en muchos casos, el valor histórico y artesanal acumulados en cada elemento. Considerar los edificios como reservas de recursos permite reducir residuos, evitar el consumo innecesario de nuevas materias primas y aprovechar los mejores materiales del pasado para responder a los nuevos usos y demandas de la sociedad.
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Cuando contemplamos una puerta antigua, un lote de baldosas hidráulicas, unas vigas de madera, una reja de forja o un viejo mueble restaurado, solemos fijarnos en el objeto que tenemos delante. Sin embargo, pocas veces pensamos en el camino que ha recorrido hasta llegar hasta nosotros.
Los materiales recuperados no se fabrican: se encuentran, se rescatan y se recuperan y esa diferencia es fundamental, su origen puede ser extraordinariamente diverso. Pueden proceder de un edificio que va a ser demolido, de una reforma, de una vivienda familiar, de una fábrica abandonada, de un antiguo comercio, de un almacén, de una finca rural o, incluso, de aquello que alguien consideró inútil y decidió abandonar. Detrás de cada material recuperado existe una historia anterior a su recuperación.
LOS BIENES MUEBLES, OBJETOS QUE VIAJAN
Los muebles tienen una característica que los diferencia radicalmente de los elementos incorporados a un edificio: precisamente por su condición de bienes “muebles”, es decir, móviles, han podido desplazarse junto a sus propietarios durante generaciones.
Una mesa, una cómoda, un armario, un espejo o una lámpara pueden haber acompañado a una familia en sus sucesivos traslados, pasando de una casa a otra e incluso de una ciudad a otra. Otros han permanecido durante décadas olvidados en desvanes, almacenes, pajares, sótanos o trasteros, son muebles heredados, restos de antiguos comercios, enseres procedentes de casas que se vacían, objetos almacenados en la casa de los abuelos y, en ocasiones, piezas abandonadas junto a un contenedor urbano.
En este ámbito, prácticamente todo lugar puede convertirse inesperadamente en una fuente de recuperación. Nunca sabemos dónde puede encontrarse la próxima pieza que merezca ser conservada, y lo que para una persona puede ser simplemente un objeto viejo y sin utilidad, para otra puede constituir un elemento perfectamente recuperable. Una parte importante de estos objetos puede volver a utilizarse después de un proceso adecuado de limpieza, reparación o restauración.La recuperación permite así que un objeto concebido hace cincuenta, cien o doscientos años continúe cumpliendo su función.
EL EDIFICIO COMO DEPÓSITO DE MATERIALES
Muy diferente es el origen de los materiales vinculados físicamente a la arquitectura. Los viejos edificios constituyen auténticos depósitos de materiales. Puertas, ventanas, contraventanas, rejas, balcones, vigas, tarimas, ladrillos, tejas, baldosas, piedra, columnas, chimeneas, herrajes, elementos de fundición y multitud de componentes constructivos pueden permanecer durante décadas o siglos integrados en una edificación.
Cuando ese edificio se reforma o se derriba se produce un momento decisivo. Es entonces cuando debe elegirse entre destruir o recuperar. Durante demasiado tiempo la demolición convencional ha considerado muchos de estos elementos simplemente como residuos.
¿Cuántos edificios antiguos han terminado con sus ladrillos dentro de un contenedor y, desde allí, en un vertedero?
¿Cuántas puertas, vigas, tejas, baldosas, piedras y elementos de forja perfectamente reutilizables han sido destruidos?
¿Cuánta riqueza patrimonial hemos derrochado?
Y existe todavía otra pregunta:
¿Cuánta energía hemos consumido posteriormente para fabricar materiales nuevos destinados a sustituir aquellos de los que previamente nos habíamos deshecho?
LA DIMENSIÓN DEL PROBLEMA. MÁS DE 42 MM DE TONELADAS
La referencia que durante años permitía visualizar la magnitud del problema señalaba que en España se producían unos 35 millones de toneladas anuales de residuos de construcción, una cantidad que, según el Anuario de la Construcción 2007 de NAM, equivaldría aproximadamente a cubrir noventa campos de fútbol hasta una altura de 25 metros.
Las estadísticas más recientes confirman que el problema continúa teniendo una dimensión extraordinaria.
Según las Cuentas Medioambientales del Instituto Nacional de Estadística, el sector de la construcción generó en España 42,59 millones de toneladas de residuos durante 2023.
Esto supone que la construcción fue la actividad económica que más residuos generó aquel año. Dentro de ellos, aproximadamente 42,2 millones de toneladas correspondieron a residuos minerales.
La magnitud resulta todavía más significativa si se considera que el conjunto de la economía española generó 112,7 millones de toneladas de residuos durante 2023.
El problema, por tanto, no es marginal.
La construcción y demolición constituyen uno de los grandes flujos materiales de nuestra sociedad. Y ocurre algo similar en el conjunto de Europa: los residuos de construcción y demolición representan más de un tercio de todos los residuos generados en la Unión Europea, pero una parte de aquello que estadísticamente contabilizamos como residuo puede contener materiales que todavía poseen utilidad y valor.
Un residuo puede ser, en realidad, un recurso que todavía no hemos recuperado.
EL EDIFICIO COMO BANCO DE MATERIALES
Esta idea conduce a una forma diferente de contemplar nuestros edificios. Un edificio no es solamente una construcción destinada a cumplir una función durante un determinado periodo de tiempo. Es también un depósito temporal de materiales. En sus muros, cubiertas, estructuras, pavimentos, carpinterías e instalaciones permanecen almacenadas durante décadas enormes cantidades de piedra, madera, hierro, acero, vidrio, cerámica, ladrillo y otros materiales.
Todos ellos fueron previamente extraídos de la naturaleza, transformados, transportados y colocados.
Todos incorporan materias primas.
Todos incorporan energía.
Todos incorporan transporte.
Y todos incorporan trabajo.
Pero algunos incorporan algo más: diseño.
Una baldosa hidráulica no es solamente cemento, pigmentos y áridos. Contiene también una composición gráfica: un dibujo, una combinación cromática, una geometría y una determinada manera de ordenar el espacio.
Un herraje antiguo no es únicamente hierro, acero, latón o bronce. En su forma existe también un diseño concebido por alguien y ejecutado posteriormente por un artesano o mediante procedimientos industriales propios de una determinada época.
Lo mismo sucede con una reja, una barandilla, una puerta tallada, un pavimento, una moldura, una pieza de fundición, una vidriera o numerosos elementos ornamentales de la arquitectura.
Cuando estos elementos desaparecen, no perdemos solamente materia.Podemos perder también un diseño. Y ese diseño puede ser irrepetible porque desaparecieron sus moldes, matrices, plantillas o modelos; porque dejó de existir el fabricante que lo producía; porque se perdió la técnica artesanal utilizada para ejecutarlo o, simplemente, porque nadie conservó constancia documental de su existencia.
La recuperación adquiere entonces una dimensión adicional. Recuperar un material puede significar también recuperar un diseño. Cuando demolemos un edificio sin recuperar sus componentes, no estamos destruyendo únicamente una construcción. Podemos estar perdiendo simultáneamente materia, energía, trabajo, conocimiento técnico, diseño y memoria.De ahí surge un concepto cada vez más utilizado en el ámbito de la economía circular: la minería urbana.
MINERÍA URBANA. LAS CIUDADES COMO YACIMIENTOS.
Tradicionalmente hemos obtenido los materiales necesarios para construir mediante la explotación de recursos naturales: canteras, minas, bosques, graveras y otros yacimientos. La minería urbana propone ampliar esa mirada. Nuestras ciudades contienen enormes cantidades de materiales que ya fueron extraídos, transformados y transportados en el pasado. Los edificios son, desde esta perspectiva, auténticos yacimientos urbanos.
La Comisión Europea utiliza el concepto de urban mining para referirse al aprovechamiento de materiales procedentes del entorno construido y señala su potencial para reducir los residuos de demolición, disminuir el consumo de materias primas vírgenes y reducir las emisiones asociadas a los procesos productivos.
El cambio conceptual es importante. La pregunta deja de ser: ¿Cómo eliminamos los residuos de este edificio?
Y pasa a ser: ¿Qué materiales podemos recuperar de este edificio antes de que se conviertan en residuos?
LA HISTORIA TAMBIÉN DEMUELE
La transformación y desaparición de los edificios no responde únicamente a su deterioro o a la pérdida de sus cualidades constructivas. Con frecuencia responde a cambios históricos, políticos, económicos y sociales que alteran el valor o la utilidad que una determinada sociedad atribuye a su patrimonio construido.
La caída de los imperios y el nacimiento de nuevas potencias hegemónicas han provocado históricamente profundas transformaciones urbanas. Palacios, fortalezas, templos, conventos, edificios administrativos y grandes construcciones vinculadas al poder anterior han sido abandonados, transformados o demolidos por las sociedades que los sucedieron.
Pero la sustitución de una arquitectura por otra no implica necesariamente una mejora en los estándares de calidad de la construcción ni de los materiales empleados. En determinados casos sucede precisamente lo contrario. Un edificio nuevo puede responder mejor a las necesidades funcionales de una época y, sin embargo, emplear materiales de menor durabilidad, menor densidad, menor calidad artesanal o simplemente diferentes de aquellos utilizados en la construcción que sustituye.
La historia de la arquitectura no debe entenderse, por tanto, como una evolución lineal en la que cada generación construye necesariamente mejor que la anterior. Lo nuevo no es necesariamente mejor desde el punto de vista material.
A esta transformación histórica se añade otra todavía más constante: la evolución de los modos de vida. Las sociedades cambian y con ellas cambian sus necesidades.
Las estructuras familiares se transforman. Aparecen nuevas formas de trabajar, comerciar, producir, desplazarse y habitar. Cambian las exigencias de higiene, confort, accesibilidad, eficiencia energética y comunicaciones. Surgen nuevas instalaciones y tecnologías. Los edificios que respondían perfectamente a las necesidades de una determinada época pueden dejar de hacerlo para las generaciones posteriores.Estos cambios requieren nuevos modelos de edificación y nuevas distribuciones de los espacios. Pero, nuevamente, la aparición de una nueva necesidad funcional no lleva aparejada necesariamente una mejora de la calidad material.
Una vivienda contemporánea puede responder mejor a los hábitos de vida actuales que una construcción de hace dos siglos, mientras determinados elementos de aquella construcción antigua —sus vigas de madera, su piedra, sus baldosas, sus tejas, sus puertas o sus herrajes— pueden poseer unas características y una calidad extraordinarias.
Aquí aparece una de las posibilidades más interesantes de la minería urbana. No es necesario elegir entre conservar íntegramente el pasado o destruirlo para construir el futuro. Existe una tercera posibilidad: adaptar los mejores materiales del pasado a los nuevos usos y demandas de la sociedad.
La minería urbana permite separar dos conceptos que durante demasiado tiempo hemos considerado inseparables: la antigüedad del edificio y la antigüedad del material.
Un edificio puede haber quedado obsoleto funcionalmente sin que lo hayan hecho los materiales que lo componen.
Una puerta puede sobrevivir al edificio para el que fue construida.
Una viga puede prestar servicio en una segunda construcción.
Una piedra labrada puede incorporarse a una arquitectura contemporánea.
Una baldosa puede encontrar una nueva disposición.
Una reja concebida para una determinada fachada puede proteger una abertura completamente diferente siglos después.
De esta forma, los materiales dejan de estar vinculados necesariamente al ciclo de vida de un único edificio. El edificio puede desaparecer sin que tengan que desaparecer sus materiales.
Esta idea introduce una dimensión temporal especialmente importante en el concepto de minería urbana. Los edificios se convierten en depósitos temporales de recursos que pueden pasar sucesivamente de una construcción a otra. La ciudad deja entonces de ser únicamente una acumulación de edificios de distintas épocas y puede entenderse también como una reserva histórica de materiales en permanente transformación.
La minería urbana permite así establecer un puente entre pasado y futuro: aprovechar la calidad material acumulada por las generaciones anteriores para satisfacer las necesidades funcionales de las generaciones presentes y futuras. No se trata de construir como se construía en el pasado.Se trata de evitar que, para construir de acuerdo con las necesidades del presente, tengamos que destruir innecesariamente los mejores materiales que el pasado nos ha legado.
DE LA DEMOLICIÓN A LA DECONSTRUCCIÓN
Esta nueva concepción obliga también a replantear la forma en que desaparecen los edificios. La demolición tradicional tiene como objetivo fundamental hacer desaparecer una construcción de manera rápida, segura y económica.La recuperación introduce otro objetivo: conservar el mayor número posible de elementos susceptibles de una segunda utilización. Por ello resulta cada vez más importante el concepto de deconstrucción selectiva. Deconstruir significa desmontar de forma planificada aquello que anteriormente fue construido.
Antes de la entrada de la maquinaria pesada pueden retirarse puertas, ventanas, contraventanas, radiadores, sanitarios, luminarias, herrajes, pavimentos, tejas, elementos de madera, piedra labrada y muchos otros componentes. Después pueden separarse las restantes fracciones de materiales para facilitar su aprovechamiento.
La diferencia es profunda. Demoler significa destruir un edificio. Deconstruir significa desmontarlo pensando en el destino posterior de sus componentes. Recuperar no es simplemente recoger
Pero la simple captación de materiales no es suficiente. El proceso de recuperación de materiales de derribo no es fácil. La operación de desmontaje y acopio se realiza muchas veces contra reloj. El calendario de la demolición o de la reforma impone unos plazos y los materiales deben ser retirados antes de que sean destruidos. Además, deben desmontarse cuidadosamente.
Una puerta debe extraerse procurando conservar hojas, cercos y herrajes. Una baldosa debe levantarse evitando romperla. Una viga debe retirarse sin dañarla. Las piezas de piedra deben identificarse y mantenerse ordenadas cuando forman parte de un conjunto. Un mal desmontaje puede destruir en unos minutos un elemento que ha sobrevivido durante siglos. Por eso recuperar exige conocimientos, experiencia y sensibilidad hacia el material.
ACOPIAR, ORDENAR Y TRANSPORTAR.
Una vez desmontados, los materiales deben ser acopiados cuidadosamente. El acopio debe realizarse de manera ordenada para evitar daños y facilitar posteriormente la carga. Las baldosas deben agruparse. Las piedras de un conjunto pueden necesitar numeración. Las puertas y ventanas requieren protección. Los elementos frágiles necesitan sistemas adecuados de almacenamiento.
Después llega el transporte. Puertas, vigas, piedra, baldosas, rejas y elementos arquitectónicos pueden tener dimensiones y pesos considerables. Su manipulación exige vehículos, medios mecánicos y personal preparado.
Todo ello tiene un coste que normalmente permanece invisible para quien posteriormente contempla una pieza perfectamente almacenada y dispuesta para una nueva utilización.
EL TRABAJO CONTINUA EN EL ALMACÉN
La llegada del material al almacén tampoco pone fin al proceso. En muchos casos es precisamente allí donde comienza su verdadera recuperación.
Dependiendo de la naturaleza del elemento serán necesarias diferentes operaciones: limpieza, eliminación de morteros, cepillado, decapado, retirada de pinturas deterioradas, separación de elementos metálicos, pequeños trabajos de reparación, tratamientos preventivos o acondicionamiento para su conservación.
Los residuos generados durante estas operaciones deben, además, separarse y gestionarse adecuadamente. La recuperación solo tiene pleno sentido cuando el propio proceso utilizado para recuperar los materiales mantiene una actitud responsable hacia el medio ambiente.
CLASIFICAR Y CATALOGAR. CONVERTIR EL MATERIAL EN UN RECURSO.
Existe todavía una operación fundamental: clasificar y catalogar. Recuperar físicamente una pieza no garantiza su reutilización. Para que alguien pueda volver a utilizarla tiene que saber que existe y tiene que poder encontrarla. Esto obliga a identificar los materiales, medirlos, describirlos, fotografiarlos, agruparlos por tipologías y registrar, siempre que sea posible, su procedencia, características, estado de conservación y disponibilidad.
La clasificación y catalogación son especialmente importantes porque los materiales recuperados no funcionan como los productos industriales. Una fábrica puede producir nuevamente un modelo agotado. El almacén de materiales recuperados, no. Cada partida es limitada. Y algunas piezas son absolutamente únicas.
Paradójicamente, estas operaciones de clasificación y catalogación todavía no están suficientemente generalizadas en el sector, dificultando la localización de materiales por arquitectos, restauradores, constructores, decoradores y particulares interesados en reutilizarlos. El futuro del sector pasa necesariamente por transformar el tradicional almacén de derribo en un inventario organizado, documentado y consultable de recursos materiales. En este sentido la clasificación RCP de Recoupage pone a España en la cabeza en esta materia.
REUTILIZAR ANTES QUE RECICLAR.
También es importante distinguir dos conceptos que frecuentemente se utilizan como si fueran equivalentes: reutilización y reciclaje. No son lo mismo.
Cuando una puerta antigua se desmonta cuidadosamente, se restaura y vuelve a instalarse como puerta, estamos reutilizando.
Cuando unas vigas se recuperan y vuelven a emplearse como elementos de madera, estamos reutilizando.
Cuando unas baldosas hidráulicas se levantan, limpian y vuelven a colocar, estamos reutilizando no solamente el material: estamos conservando también su diseño.
El reciclaje supone normalmente una transformación más profunda del material. El objeto pierde su forma o función original y su materia se procesa para fabricar otro producto.
Ambas operaciones pueden ser necesarias y beneficiosas, pero desde el punto de vista de la conservación del valor incorporado existe una diferencia fundamental: si un elemento puede continuar utilizándose como tal, destruirlo para reciclar únicamente su materia supone perder una parte importante de todo el valor que ya había sido incorporado en él.
Una puerta recuperada conserva la madera, pero también conserva el trabajo de carpintería que convirtió esa madera en puerta.
Una reja conserva el hierro, pero también el trabajo del herrero y su diseño.
Una piedra labrada conserva la materia geológica, pero también las horas de trabajo necesarias para extraerla, transportarla y darle forma.
Una baldosa hidráulica conserva sus materiales, pero también su dibujo, su composición cromática y el patrón con el que fue concebida.
Un herraje conserva el metal, pero también una solución funcional y formal que puede ser característica de un artesano, un fabricante, un estilo o una época.
Por eso, siempre que resulte técnica y económicamente razonable, reutilizar debe preceder a reciclar.
EL VERDADERO COSTE DE RECUPERAR.
Todo este proceso tiene un coste.
Hay que localizar el material, desmontarlo, seleccionarlo, acopiarlo, cargarlo, transportarlo, descargarlo, limpiarlo, procesarlo, clasificarlo, fotografiarlo, catalogarlo y conservarlo hasta encontrar un nuevo usuario.
A ello se añaden la amortización de almacenes, vehículos, maquinaria, herramientas y medios de protección y conservación.
Por eso existe una idea equivocada que conviene desterrar: un material recuperado no es un material que ha salido gratis de un derribo, su valor incorpora todo el trabajo necesario para impedir que se convierta en residuo y conseguir que pueda volver al mercado como un material útil.
UNA SEGUNDA VIDA
Al final, recuperar resulta un proceso laborioso, pero normalmente menos absurdo que destruir primero un material útil para consumir después nuevas materias primas y energía intentando recrearlo.
Es un proceso costoso, pero puede permitir acceder a materiales cuya calidad sería extraordinariamente cara —o incluso imposible— de reproducir actualmente.
Y es un trabajo duro, pero también profundamente satisfactorio.
Porque el resultado no consiste únicamente en vender una puerta, una viga, una baldosa, una piedra o un mueble. Consiste en conseguir que algo que estaba destinado a convertirse en residuo vuelva a tener utilidad. Cada pieza recuperada conserva materia, energía y trabajo ya invertidos en ella. Pero determinadas piezas conservan además diseño, conocimiento y memoria.
Esta consideración resulta especialmente importante en aquellos elementos en los que la función material y la creación formal son inseparables: baldosas hidráulicas, herrajes, cerrajerías, fundiciones, carpinterías, azulejos, vidrieras, molduras y otros elementos decorativos. Su destrucción puede significar la desaparición definitiva de un diseño que quizá nunca fue dibujado, fotografiado, catalogado o conservado por ningún otro medio. En estos casos, recuperar deja de ser exclusivamente una operación medioambiental o económica para convertirse también en una forma de conservación del patrimonio del diseño. Por eso recuperar es algo más que reciclar.
Reciclar recupera fundamentalmente la materia. Reutilizar puede conservar la materia, la energía, el trabajo, la técnica, la forma, la función, el diseño y la historia incorporados a esa materia.
Nuestros edificios pueden dejar de ser vistos como futuros residuos para empezar a ser considerados bancos de materiales, pero también bancos de conocimiento y diseño. Nuestras ciudades pueden entenderse como enormes yacimientos de recursos ya extraídos y transformados: una auténtica minería urbana. Y los materiales de derribo dejan entonces de ser los restos de aquello que desaparece para convertirse en la materia prima —material, técnica y cultural— de aquello que todavía podemos construir.


La simple captación de materiales no es suficiente. El proceso de recuperación de materiales de derribo no es fácil. La operación de acopio se realiza normalmente contra reloj, se debe realizar de modo cuidadoso para no dañar el material y debe ser dispuesto de modo ordenado para facilitar la carga y el transporte. Tras ser descargado en el almacén de derribo debe normalmente ser procesado, en general operaciones de limpieza, decapado, cepillado, la gestión de residuos generados debe ser respetuosa con el medio ambiente y finalmente debe ser clasificado y catalogado, operaciones estas últimas que no son muy frecuentes en el sector del material de derribo dificultando la búsqueda por los posibles interesados en su reutilización. Todo un proceso caro si añadimos el coste de amortización de los almacenes y medios de protección y conservación.

Al final un resulta un proceso laborioso pero siempre menos que la recreación de los materiales conseguidos, caro pero mas barato que materiales nuevos de la misma calidad y finalmente duro pero extremadamente satisfactorio.
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